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lunes, 1 de octubre de 2018

Trabajo de parto


Un parto es la resultante del trabajo hecho durante 9 meses previos de dedicación y contención de un gestante, una obra de vida. Entre cobijos y manutenciones, obsesiones y celebraciones, malestares y bienestares, la masa de cartílagos primero, huesos, músculos y carne se fue consolidando y en un punto se da cuenta que el espacio donde está le queda chico, y empieza a pujar por salir a conocer algo más.

Siento que estoy presenciando el mismo trabajo de parto tanto en mi familia, con la ansiosa espera de Maia Galin, que está al caer, como con el Club de mis amores, el Glorioso Independiente de Avellaneda, que hace 9 meses nos hizo volver a concebir la idea de que el Rey de Copas no fue un eslogan más, sino que es una mística que se sostiene viva a prueba de hazañas coperas. Hoy, ahora, por estos días, ambos -familia y equipo- nos enfrentamos ante una instancia trascendente: parir.

No es algo que se hace como en las películas hacen creer, donde todo ocurre instantáneamente. El estado y trabajo de parto es un momento donde convergen todas las intenciones y voluntades puestas a lo largo del tiempo en que se dedicó atención y cuidado al proyecto, se sufrió, se afianzó, se corrigió, se replanteó y se volvió a creer en que la vida brota sola si se deja ser sin obturar.
Desde luego que siempre estamos pendiendo, y pendientes, de la sombra que rodea a la vida, es decir, la muerte. Pero para ahuyentar fantasmas, elijo enaltecer y rendirle honores a la inevitable, reflejarla en ese padre que se me fue hace menos de 3 años, y que dejó un sólo legado a sostener. Sí, a veces puede pintar las ganas de gallinear, quién no teme a los cambios, pero no alcanza, y toca juntar valor para enfrentar lo que es. La vida de un hijo, concebir una vida, lo es. Es por sí solo. No importa a qué se enfrente, ni a qué queramos que se enfrenten. Ellos toman decisiones, nosotros acompañamos.

Igual que con el equipo del Profesor. Deposito mi confianza en que surgirán las fuerzas necesarias para dar a luz este proyecto gestado con amor durante más de 9 meses. Y me entrego, a contemplar, porque a la larga es poca la participación que uno tiene, o es observadora y acompañadora en este momento particular que toca vivir. ¿Cómo estás? De parto.

Hablo de vos Rojo querido, hablo de mi vida puesta en cuerpo de mi mujer Marisel. Porque todo es igual, es la pasión que se refleja en mi. Nadie dijo que es fácil el trabajo de parir, pero estoy seguro que siempre tiene final feliz, porque es la resultante de un proceso, no es sólo un resultado.

Esta Campaña volveremos a estar contigo... ¡te alentaremos de corazón!
Somos nosotros, guerreros pariendo, poniendo huevos, ovarios, corazón, hasta el minuto final, y no habrá duda o miedo que pueda más que la voluntad de vida, roja, furiosa, pasional, salvaje, que sale a bailar con la que toque, sin prejuicios, con soltura de niño, a la que toque jugar.

Mañana el pueblo rojo de Barcelona también se aglutinará alrededor de (la estación) Monumental, para parir un sueño, la Octava. No sé si seré de la partida allí o en el hospital. En el mismo proceso estamos, alentando para que salga la niña Maia, aguantando los trapos, porque sabemos que la alegría posterior no se compara con nada. “No se compara, con otra hinchada, somos nosotros, en las buenas y en las malas... Yo te sigo de pendejo, siempre voy a todos lados, yo te vengo a ver descontrolado...”.

El paralelismo es infinito, porque de inspiración se trata. Mi viejo, Independiente, yo, el que sigue, en individuo y colectivo, vamos a empujar y pujar, que el canal de parto está abierto, y es cuando más toca aguantar. Nadie dijo que sería fácil. Todos juntos se aliviana. Es por vos. Hasta el final.



sábado, 5 de mayo de 2018

Carta abierta al Kun Agüero

No olvido más aquel día, estaba en el Codo de la vieja Doble Visera, y vos, muchacho retacón y veloz, te le escabulliste a medio equipo para sembrar uno de los goles más lindos que me tocó ver dentro de un estadio. Uno lo veía y ya sabía que tenía destino de red la pelota, sólo era cuestión de disfrutar y ver esas maniobras corporales que descaderan a cualquier defensor.

También estuve cuando te tocó entrar, con 15 años, en la historia grande del fútbol argentino. Sin tocar la pelota ya eras leyenda como el jugador más joven en pisar una cancha de primera división. Por eso, y otros enormes goles que me hiciste gritar junto a mi viejo, porque te fuiste temprano del Rojo y todavía tenemos pendiente aquello de ganar una Copa con vos, y no dudo que ocurrirá. Porque cuando descendimos junté el dolor familiar rojo en un trapo que acompañó todo el periplo por la B, y sintetiza lo que siento por este Club y, por qué no, por vos, Kun querido.

Porque cuando pisé Barcelona hace unos años una Peña me contuvo en el momento más trágico al enterarme del fallecimiento de mi viejo a la distancia. Porque ese mensaje en el trapo se convirtió en bandera y me juramenté que pisará el estadio Libertadores de América como modo de rendirle honores a quien me hizo querer esa casa desde que tengo 4 años. Porque también me prometí que movería cielo y tierra para que antes estuviera firmada por mis tres grandes ídolos que vi en una cancha con la camiseta del Rey: el Bocha, el Mariscal y el Kun.
Porque ya tiene la estampa de los dos primeros y faltás vos, Kun, para conseguir el sueño de que este manto sagrado envuelva y cobije las dedicatorias de quienes nos hicieron abrazarnos y delirar por estos colores.

Porque sé que estás en Barcelona recuperándote para encarar tu mejor Mundial, y sueño con que anuncies que volvés cada día. Porque esta oportunidad es única y no me importa lo que digan, lo que digan los demás, necesito que me leas y des dos minutos de tu vida, Kun. Para vos será algo insignificante, otro pesado fanático más, y para mi será la gloria, habré cumplido la primera instancia del plan, tener la bandera lista para seguir su camino a Avellaneda. Porque “Nada va a cambiar mi amor por vos”, Kun Agüero, te pido encarecidamente, ¿dónde te puedo encontrar? David, mi viejo, Gonzalo, mi hijo, y yo, te estaremos agradecidos para siempre.

Salud al Rey, y eterna vida a los colores que despiertan la pasión y el recuerdo de los días felices en aquel estadio de cemento.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Hola Ro, Pa, Vos, ¿cómo estás?

Hola pa, entre tanto caos y zarandeo de la vida por estos días me tomo un reparo de 5 minutos porque necesito hablar con vos. Serías el primer llamado del día, sin importar la diferencia horaria que exista. Serías y sos la omnipresencia con la que dialogo y hoy es un día importante. En el amplio sentido. Sabés que hoy hace tres años decidí unir mi vida a la de la mujer que acompaña mis días. Sé lo importante que te pareció ese día. Tu mirada e intento de ayudar en todo lo que se presentase, esos nervios alegres que transmitías y redondeabas con un “¿me oíste, boludito?” antes de emprender la caminata al altar, todo me demostró que ese día te quedaste tranquilo. Supiste que tu hijo varón iba a estar bien rodeado.

Y hace dos años exacto fue ese último clásico de Avellaneda que vivimos juntos en ese rectángulo de tierra que es la eterna Doble Visera mutada en Libertadores de América. Ese día fue el último que disfruté junto a vos. Al día siguiente nos tomamos un vuelo a Barcelona con escala en Bogotá y al mes me enteraría por teléfono que te habías ido.
Y hoy pa, justo hoy, es el día que toca revalidar intenciones de regreso. Nuestro. Del Rey. El Rey David me lo transmitió claro, lo nuestro son las noches de Copas. Dejá a los boluditos de River y Boca que se saquen los ojos por ver quién gana el campeonato. Nosotros jugamos en grandes ligas. Siempre fue y será así. Y hoy volvemos a aquella final del 1984 en donde decidimos retirarnos de ganar Libertadores a destajo para darle la oportunidad a otro de experimentar qué es esto de ser el Rey de América. Y aún con 34 años de ventaja, nadie supo alcanzar la corona.

Bueno, hoy revalidamos títulos con el Gremio, pa. No sabés el equipo que tenemos. De esos que da orgullo mencionar uno por uno, que sabés que dejarán todo lo que tengan por ganar. De ahí las ganas de que llegue la hora ya. Con todos esos preparativos que solíamos encarar juntos. Con los prolegómenos del periplo rutero y, cuando eran partidos importantes como este, la espera en el ring side, en el estadio junto a otros, siempre junto a vos. Todo eso se perdió y se fue con vos. Lo supe desde el día que me dijeron que te habías muerto y que pedí que corroboren ante la sorpresa, pero ante la plena certeza de que allí se fue una experiencia única. La de ir a la cancha con mi papá. Y nacía un legado único también, el de sostener los colores con mi hijo, aún a la distancia.

Y se va haciendo. Ya besa el escudo, pa. Se pone alegre cuando me ve llegar con la camiseta del rojo puesta. Busca la suya. Se pone los cortos, las medias, y sale a potrear y correr y saltar. De mantener viva la llama se trata, ¿no pa? En eso ando y en eso anda nuestro rojito querido. Comandado por un hombre que bien tendrías que haber conocido antes de irte. Ariel Holan es todo lo que está bien, más allá del resultado. El Rojo dejó de ser un equipo oportunista, y es una idea de juego irrenunciable nuevamente, pa. Eso ya es festejable. Estar en estas instancias lo es. Pero, como bien me enseñaste, nosotros no jugamos Copas, las ganamos. Y a eso vamos pa, con la frente alta, a ver qué pasa esta noche. A hacerle frente a la que toque. A aguantar la parada. Y mi parada tiene tanto de ser padre, tanto de independiente, tanto rojo pasión, tanto fútbol, mate y acompañar en la que toque. Tanto de vos, pa. Quizás por eso necesitaba hablar con vos un rato. Apenas para compartirte que este día se juntan muchas líneas. Y vos estás en todas.

Nada va a cambiar mi amor por vos, pa. Te extraño, y también ya entendí que tu compañía es lo que recuerde en el momento que esté viviendo. Independiente, casamiento, ser padre mediante. Sos lo que logro evocar de vos. Y nosotros... ¡vamos a dar la vuelta, ya lo veo, para que lloren todas las gallinas y los bosteros!

lunes, 18 de diciembre de 2017

Ariel, casate con el Rojo

No es lo mismo, Ariel, sin vos. Y es momento de dejarlo claro ante todos. Porque las cosas pasan, y es mejor transmitirlo antes de que mueran. Le diste ánimo, vida y, principamente, renovaste la identidad del Club más grande del mundo. El nuestro. Volviste a hacer que enunciemos con Orgullo, “Esto es Independiente, señores” a los cuatro vientos, en el lugar del mundo en que nos toque estar, para que lo escuchen todos que hubo y hay un equipo de fútbol que inspira sensaciones, los sentimientos más profundos y guardados, y que cuando teníamos 4 años, nuestros papás nos enseñaron a amar. Como se ama a alguien, despacio, dedicadamente, aguantando en las paradas difíciles para luego poder disfrutar más de los lindos momentos. Y vos, Ariel, viniste a reconquistar el corazón de un hincha que venía de sufrir como nunca antes.

Años de pérdidas, de reconocer la derrota, con hidalguía, porque sabíamos que la Gloria es eterna, pero sin saber cuándo terminaríamos de sacar la cabeza de ese pozo hondo y oscuro en el que nos tocó caer en 2013, y del que ahora nos toca salir, respirar, volver a sentir el pecho inflado de ser hincha de este Club, de esta Institución que se hizo grande por sus hazañas, sus proesas en cualquier cancha. Y que vos y tus dirigidos se encargaron de acrecentar, con este nuevo y fresco Maracanazo, que más que o mais grande, ya nos parece un patiecito trasero de casa al que vamos a festejar junto al Chivo, al Bocha, a tirar paredes con Bertoni, y ahora a creer que siempre se puede ganar de arremetida gracias al Puma, pelear cada pelota de la mano del Tractor, o eludir a tres navegando en las ilusiones adolescentes de nuestro Barco, y que la Meza esté servida para el banquete mayor; y que siempre estará ahí en el banco, donde las decisiones queman y hay que estar frío para acertar, ese ser que empezamos a conocer hace un año, esa persona única que en sus primeras declaraciones dejó clara su pasión temprana por el color que representaría.

De repente, cuando se me apagaron las ilusiones personales con la muerte de mi padre en 2016 -el 26 de marzo, día del hincha de Independiente-, cuando el Mariscal trataba de darle cause a ese plantel que se resistía a ocupar su lugar en la historia, cuando ya no había otra opción más que la renuncia y la entrega, apareció ese hombre que focalizó la atención mediática en la tecnología voladora que traía junto a su plantel de meticulosos ojos clínicos, y que encima se notaba que tenía mucho más contenido que miles de drones, porque le inyectó la sangre roja llena de travesías epopéyicas al grupo de dirigidos que, de un plumazo, supo orientar hacia un objetivo común. Allí, en esos tiempos aciagos, apareció un concepto claro. Compromiso, actitud e intensidad, son las condiciones que llevarían al CAI, a recuperar su ADN imborrable. La transmisión y asimilación de un aprendizaje simbólico eterno, como ese Saludo histórico con los brazos en alto al mundo, nuestro Haka sudamericano, en la cancha que toque, fueron lo que terminó de enamorarme de vos. Sí, Ariel, de comienzo fue. Amor a primera vista, le dicen. Es mucho más. Fue reconocer que en lo que estabas buscando sembrar estaba la semilla de vida que había dejado plantada el viejo antes de irse. Fue distinguir que tu mensaje es el que viene grabado hace varias generaciones rojas, y vos viniste a transmitirlo con una simpleza y humildad que es imposible aceptar la posibilidad de tu partida. ¡Basta de pérdidas! Independiente con vos ganó mucho más que una Copa. Retomó una senda. Recuperó una identidad, hiciste resurgir a un Diablo que estaba dormido, y que no es joda que es mucho lo que nos permitimos ilusionarnos de la mano de tu batuta.

No quiero ni pensar qué hará que no puedas seguir en la conducción del equipo. Ni suponerlo, ni deducir, ni una mierda. Quiero que te quedes a vivir en la dirección técnica del Club de nuestros amores. No quiero escuchar tu nombre en boca de otro hincha de un equipo mediocre que aspire a alcanzar algo semejante a la Gloria que esta Institución representa, y que bien sabés que se puede acrecentar.
Vos Ariel no, no claudiques porque un par de energúmenos vestidos de hinchas presionen. No te entregues a lo que el dinero sabe comprar pero que no hay corazón ni razón que expliquen. Ser el director técnico de esta camiseta color rojo furioso que seguiste desde el día que naciste no es para cualquiera. Sí, ya sé, me repiten el mantra aquel de que “Independiente está por encima de cualquier nombre”, y coincido, al igual que sé que vos, pero ese banco de suplentes ya encontró su jinete que lo monte, su aguerrido ser que lucha desde las palabras y la técnica y estrategia por conquistar el mundo de la redonda. Independiente tiene que volver a rugir en el mundo futbolístico. Y sabés bien que este es el comienzo. Que como hinchas del más grande que somos, no podemos conformarnos con la segunda Sudamericana. Que al verte llorar, gritar y apasionarte así desde el banco no podemos más que soñar con la Octava y vernos jugar nuevamente con Barcelona, Real Madrid o el PSG, una final de Mundial de Clubes. Junto a vos me puedo permitir soñar que la muerte no es un fin, sino el comienzo de algo más. Se muere para renacer, y tu nieto y mi hijo, de 2 años ambos, nos demuestran que este sentimiento inexplicable que se lleva dentro y no puede parar tiene tela para seguir cortando. Para armar banderas que proclamen el amor indefinido, incondicional e inclaudicable que siempre acompañará a estas personas que sentimos este escudo, esta camiseta, esta forma de ver y transmitir el fútbol. Ma qué fútbol, ¡la vida! Esto es Independiente, Ariel querido, y los hinchas necesitamos oír antes de que suenen las campanadas de las navidades, que te tendremos con nosotros por un par de años más aunque sea. Sí, es un pedido, es un ruego por que no te venzan los temores, por que no claudiques ante los continuos detractores, que renueves esperanzas en este período en que te casás, y entiendas que lo que el hincha genuino del Rojo de Avellaneda quiere contraer con vos es un casamiento basado en el amor que nos inpirás.

El pueblo rojo te pregunta, querido Ariel: ¿estás dispuesto a casarte conmigo? Propuesta de nupcias de un amor que pide convivencia, empezar una nueva etapa, pensar en nuestro nidito donde juntar fuerzas y permitirnos alcanzar nuevas metas juntos.
Tras este amor idílico, ni en las mejores películas soñado, este enamoramiento inicial a primera vista y este primer año de noviazgo intenso, esmerado, dedicado, tuvimos nuestra luna de miel en Río de Janeiro -sí, somos un caso raro, primero celebramos y luego nos casamos- y ahora toca contraer lazos formales. Eso que llaman firmar contrato pero que, viniendo de vos Ariel, no puedo entender más que como una puesta en claro de objetivos e intenciones, y que de esa manera tendrás a disposición todo lo que te sea necesario para llevar a nuestro Glorioso Club Atlético Independiente al lugar que ocupa en la historia de clubes de fútbol. Que conocés porque te lo transmitió tu padre, que sabés que tenés que seguir porque tu nieto, mi hijo, las generaciones nuevas de hasta 20 años con las que me tocó vivir esta nueva final, tienen que sentir en cuerpo y alma qué es esto de ser hincha de Independiente. Esta es tu hinchada, la que va al frente, Ariel, y la que te pide encarecidamente que no nos abandones, que ni pienses o contemples la posibilidad de dejar el barco en esta instancia. Porque sabrás que cuando las esperanzas se renuevan, cuando tras la muerte vil e iracunda surge ese brote de semilla que ilusiona y permite soñar, lo que hay que hacer es cultivar y cuidar, dedicadamente, en el diario trabajo, ese brotecito que apareció para que un día podamos ver y tener el árbol, que no nos dejaba ver el bosque, y que el Club Atlético Independiente volverá a gritar que ¡será siempre Independiente el Orgullo Nacional!

Dale campeón, no me hagas llorar más, decí que te quedás a compartir tu alegría y forma de ser con nosotros, Ariel, y pasemos unas fiestas en paz. El Diablo volvió a meter su cola, tenemos Copa con la que brindar en estos días, pero la mesa no está aún servida. Falta que vos nos digas que sí, Ariel, que seguís. La mejor noticia para un Club que aspira a mucho más es que nos digan a viva voz: ¡Holan no se va!

Para gritar con el alma, que te quiero de verdad, y que pase lo que pase nunca te voy a dejar. Nada va a cambiar mi amor por vos, Rojo querido, y siento que en vos, Ariel, está encomendado el legado de seguir con esta leyenda. Espero que no nos falles. Así de cruel es el amor verdadero. Directo, al enfrentarlo a la cara nos damos cuenta de sus espinas, de sus lados ásperos, pero no por eso dejamos de latir y sentir que ese es el único camino posible. Nunca caminarás solo, Ariel, estamos con vos. Falta que nos confirmes que vos también. Que pongas el gancho en este casamiento simbólico que contraemos y nos dediquemos a vivir la fiesta con alegría y tranquilidad de saber que el Rojo está en buenas manos. Y sí, está por sobre todo, y hay una persona que llegó para volver a recordárnoslo. No lo olvidaremos. Esto es Independiente, señores. Vayan, sean hombres, juguen y ganen. Vaya Ariel querido, firme y siga, que acá hay un batallón de soldados que lo acompañan a la guerra que nos planten. Porque no hay quien venza a este pueblo de pierna fuerte y templada. Hurras a Independiente, del pueblo de Avellaneda.

Vamos Ariel, ¿te querés casar con el Rojo?

jueves, 7 de diciembre de 2017

Lo que yo siento por vos, Independiente

¿Sabrán lo que se juega? ¿Habrá forma de hacérselos llegar?
Tengo 36 años. Soy padre desde hace 2, y vivo en Barcelona. Perdí a mi viejo el año pasado, en el mismísimo día del hincha de Independiente, el 26 de marzo. Desde que tengo 4 me lleva a la cancha como única identidad inculcada. Libre de religión, credo, dogma, mi viejo sólo me impuso la idea de que yendo a la cancha, primero los domingos, luego el día de la semana que tocase, todo se arregla, todo se charla, todo pasa, todo se acomoda, todo ocurre. Un ritual, incorporado a fuego, que simboliza una vida. Vas, en el mejor de los casos te divertís, en otros canalizás la mierda, y ahí va pasando eso que llaman días. Entre un partido y otro del Rojo. Rojo con mayúsculas, señores.




Eso es lo importante a entender. Lo que simbolizan. Independiente es un club de fútbol, una institución social y deportiva, que tuvo su auge de conquistas entre fines de los 60 y toda la década del 70. Fue el mejor del mundo. Producto de las Copas conquistadas se convirtió en el Rey de Copas, como marca registrada. Y así me llegó. Pasó a ser mi religión ir cada santo domingo a comer una hamburguesa, un chori, una porción de pizza bien chorreante de aceite en las inmediaciones del estadio más lindo del mundo. El Templo sagrado que pude conocer en cada uno de sus sectores. Desde la vieja Cordero, pasando por populares y plateas Erico, Sande, el codo que quedó tras la final con Huracán en el 94, hasta la enorme tribuna visitante de aquella Doble Visera inolvidable, ese playón de saltos y festejos entre un fragmento de tribuna y otra de la local. Independiente es un recuerdo imborrable de alegrías y decepciones junto a mi padre. Vías para expresar en el ser masculino aquello que todos llevamos dentro y que nadie nos dice cómo logrará salir. La pasión, la emocionalidad, el sentimiento a flor de piel, la carnalidad compartida de saberse alentando y tirando para un mismo lado con la intención de que la pelota traspase la línea de meta y podamos todos saltar como unos desaforados por un rato, creyendo que nuestra virilidad común es enorme por el amor que depositamos por un club de fútbol.

A quien no entienda el fútbol, es simple, es el espectáculo de la modernidad más emocionante y vibrante que hay. 90 minutos de un cotejo deportivo donde cualquier cosa puede pasar. Hay otras disciplinas donde la capacidad y potencia está más desbalanceada y siempre ganará el mejor, mientras que en el fútbol, los avatares del partido, la improvisación de la que el conjunto sea capaz en el momento, incluso con cierta picardía, más allá de que la tecnología se quiera meter indefectiblemente en las decisiones del juez, son determinantes para el resultado. Hasta el minuto final, todo puede pasar en el fútbol.

En toda civilización se da cuenta de espectáculos donde algún o algunos gladiadores luchan por algo, su libertad o vida en el caso más sanguinario, un objetivo o una conquista en las versiones más modernas. El Club Atlético Independiente de Avellaneda tiene 16 logros internacionales alcanzados, 7 de ellos la Copa más importante de América a nivel clubes, la Libertadores. Es quien más la obtuvo desde hace apenas 44 años. Y seguimos contando.

“Vamo' Independiente todo va a estar bien, como siempre te seguiré, como siempre te alentaré”. No pensé que conservaba un fanatismo tan intacto. Es así. Lo que te inculcan, te queda.
Ariel Holan, estás a sólo un paso de retomar la senda de la Gloria. Recuerdo que el día en que descendimos mi viejo se quedó con una frase, que leyó en una bandera desplegada en el frente de una pizzería de avenida Mitre. Roja y blanca, letras negras, simples, terminantes: La Gloria es Eterna. Eso fue el viejo. Eterno. Independiente es sinónimo de papá. De quien mantiene viva una llama que perdura. Va más allá de una explicación racional, es un estado de entrega a la pasión, al rojo furioso, es un modo de tomarse la vida, es el equipo de pierna fuerte y templada que ilusiona y hace creer. Ser de Independiente es saber que no cambia nada ir al Maracaná, a Japón, a China, a Barcelona o donde sea. El amor por estos colores y este estilo de juego no desaparecen. Es más, se reproducen. Porque fuimos y seremos miles de almas que vibran a la par de estos jugadores y cuerpo técnico que están a una instancia decisiva de quedar en la historia grande. De un Club aún mayor.

¡Será siempre Independiente el Orgullo Nacional!

jueves, 5 de enero de 2017

El habitante

Sos el ser que me habita sin buscarlo. Sos la constatación de que el inconsciente opera sobre nuestras realidades aunque no sepamos de él, la persona que se hace presente en actos para cerciorarme que todo lo que me fue amorosamente inculcado tiene sus efectos, tardíos o no, y que no se trata de pretender que vivas en otra realidad paralela, o el Cielo para la acepción religiosa, sino de comprender que los seres queridos dan pinceladas sobre nuestra personalidad con pintura indeleble. Y es tiempo de asumir que sos un habitante en mí.

Un guía que en su modo de ser humanamente persona me transmitió una forma de desenvolvimiento que va mucho más allá de las típicas enseñanzas verbales que todo padre intenta impartir a su hijo. Vos fuiste un grado más lejos de aquellas definiciones de aprendizaje oral, vos tuviste la valentía de ser parte, de ser un amigo con autoridad, un compinche con errores, un padre vivo. Y eso no se borra por tu desaparición física, porque seguís vivo, y siento que es lo que más duele de tu partida terrenal. Porque no construiste un vínculo impuesto o sugerido, sino que fuiste viendo cómo se hacía esto de ser padre, y supiste acompañar, estar, escuchar, sugerir, recomendar, pero nunca jamás imponer o bajar tu verdad revelada y que acatáramos la orden, porque supiste, por los avatares que la vida te hizo atravesar, que un hijo llega para abrirle los ojos a los padres, y no viceversa.

Sos el habitante innegable de mi humanidad, el que al proceder de tal o cual manera sabe que así lo hacías vos, o en mi adolescencia intentaba desmarcarse vanamente para forjar su propio modo de ser, que sí, es distinto en muchos aspectos, pero conserva esa pisca esencial y básica que es hacer las cosas con amor. Siempre está la posibilidad del equívoco, pero bajo el parámetro de lo humanamente posible. Porque pareciera en estos tiempos que hay que explicar nuevamente qué es ser humano, con todas las letras y entereza que proceder de ese modo brinda.

Tiempos confusos, pa, donde tu legado es haber dejado todo en la cancha. Sos el que me habita también al bajar la guardia un rato, y querer tirarme a dormir nomás, y te recuerdo levantándote de esas largas siestas de fin de semana haciéndote el sonámbulo con los brazos para adelante, queriendo sacar una sonrisa, aún en la adversidad.

Sos el habitante que llevo en mí también, al analizar variantes de posibilidad y quedar encerrado en esa burbuja de negatividad que viene acompañada del que usa la mente en exceso y te vuelve como un bumerang. Aunque por otro lado sos el que me habita al percibir una situación a las claras en declive y que saca fuerzas y ganas de contagiar entusiasmo porque es el único modo de salir adelante. Sos el habitante que me sopla un accionar cauto y respetuoso, quizás por contraposición de partes, porque nadie sabe en qué batalla está enredado el que se acerca a nuestras vidas, y a su vez el que me hace enfrentar, o apenas maldecir, las injusticias notorias en las que la humanidad se encuentra.

Sos el que me hizo aprender el modo en que quiero ser, y sostenerlo, contra viento y marea, si creo que ese es el camino que se me dibuja por delante. Sos el habitante de mis certezas e incertidumbres diarias, que me inculca a no bajar jamás los brazos, y arremeter por aquello que creo me tengo merecido.

Los merecimientos o recompensas de la vida quisieron que te fueras en el momento mismo en que ese eterno aprendizaje de ser padre se apoderó de mi, quizás más tempranamente de lo que hubiera querido para que mi hijo pudiera mamar un poco de ese abuelo siempre disponible, pero quién entiende de justezas si de seguirle el pulso a la vida se trata. De todos modos, mi hijo recibirá esas formas de ser tan vos, sabrá qué es eso de tasmar, hinchar, pelear sin rivalizar, callar y respetar a quien te acompaña, saltar por lo que no hay lugar a que te saquen, hablar sin parar ("si por hablar cobrasen impuestos, yo estaría en bancarrota siempre", decías), luchar por la familia y sus necesidades, ser amigo, ser confidente por más que uno supiera que no había algo que se te pudiera contar que no llegase a oídos de mamá, el otro ser que habita en mí y que ambos moldearon esta masa de sentimientos y sensaciones que soy, y que estos días innegablemente me tuvieron triste, bajón, lleno de angustia inenarrable.

Vivimos en tiempos donde se cree que los algoritmos y los encasillamientos distantes marcan tendencia, y yo ya sé, porque habitás en mí, que esos juegos mentales no son más que la carcasa de la maquinaria mayor que es nuestra humanidad, la cáscara de esa fruta gloriosa que es nuestro ser habitando el planeta tierra. Somos únicos, tu forma de ser me lo delineó y descubro a cada paso que nos vinculamos con tantos seres únicos como estamos dispuestos a conocer.

También sos mis peleas conmigo mismo, mi agarrármela con los seres más queridos, porque sabemos que en un berrinche surge lo peor de uno y alguien tendrá que soportarlo o bancar para que luego sea en reciprocidad. Las miserias no se guardan, se sacan a la luz, y eso demarcará la relevancia de quienes se quedan a nuestro lado, aún habiendo conocido ese aspecto sombrío.

Vivimos rodeados de mentiras, y cada cual elige cuál comprar. Ante esa circunstancia de bombardeo material, tu recuerdo no me deja más que sensaciones placenteras, de intimidad lograda, de logros conquistados aún no sabiendo que estaban materializados en la sonrisa que me despertabas ante un panorama que podía ver ocasionalmente oscuro, o en advertencias salidas del temor ante otra situación que podía apoderarse de mi positividad galopante, y hacerme ver los resguardos del caso a tomar, por más que después te diera o no bola. Vos estabas. Vos estás, dentro mío, aconsejando u opinando, alentando o previniendo, siendo, como sale ser.

Por eso, ante la era de mitología moderna en la que estamos inmersos, este primer año nuevo sin vos decidí acrecentar ese mito viviente que quiero que seas. Este 7 de enero cumplirías 75 años de haber nacido y desde hoy, en mi familia, a Melchor, Gaspar y Baltazar se suma el cuarto Rey Mago, el Rey David. Dada la cercanía de tu cumpleaños con la aparición de los Reyes que anida en mi conciencia desde que nací, tu pasión inculcada por el único Rey de Copas del mundo que existe, y el reencuentro con la costumbre de los regalos a este niño que completa mis días, el día de Reyes pasará a tener la importancia del caso.

Porque siempre me gustó más el momento de dejar los zapatitos con pasto y agua para los camellos, porque algo me decía que estaba bueno una vez pasada la vorágine de festejos y deseos colectivos de felicidad efímera de fin de año llegar a esa mañana especial en que me preguntaba cómo entraron a tomar agua y comida si siempre vivimos en departamento con rejas de seguridad en el balcón. Y también mi ser niño me recordaba que está bueno recibir regalo habiendo dejado algo de uno a cambio, y que además era por la mañana, ese momento del día en que todo se permite renacer, barajar y dar de vuelta, y también incorporé internamente que ese era el real comienzo del año, porque las aguas celebratorias ya habían bajado, y al día siguiente nos volveríamos a juntar, la familia cercana, para brindar por tu cumpleaños pa, que no aclamaba por protagonismo sino que más bien llegaba como corolario para darle paso al mágico y sorprendente año nuevo que se hacía presente, ahí donde habitábamos, en el departamento de Flores que nunca fue nuestro, pero que le dimos el color y calor que sólo una familia clase media luchadora le sabe poner. Esos recuerdos son los que te digo que ahora distingo que habitan en mi, el olor a las mañanas especiales que eran ese período del 5 al 7 de enero, y que me encargaré de acrecentar en mi núcleo familiar elegido.


Porque sos el que me habita día a día, el que llena de vida trabajada y sostenedora mis momentos de desazón, no una evocación lánguida y el llanto en donde reposan tus restos. Los restos, restos son, y prefiero recordarte sorprendiéndote ante el espejo del baño mientras te afeitabas todas las mañanas con la radio encendida, y tocándote esa mejilla suavecita que no pinchaba al besar, diciéndome con gesto adusto y pensativo: "¡qué suerte que tenés!", a la espera de una mínima reacción que te dé pié al ya conocido remate "de tener un viejo como yo". O mirándote con sorpresa ante el mismo espejo formulando una inquietud abierta de "yo no entiendo…", con su correspondiente continuidad de "cómo es que dios hizo algo tan bello".

Yo tampoco entiendo, pero incorporo, pa, que sos el habitante que reside en mí para siempre.
Vos no te moriste viejo, apenas si pasaste a ser un habitante en mí.

domingo, 27 de noviembre de 2016

El último clásico


Me despedí de él. Fue en ese clásico del 21 de febrero, un día antes de venirme a vivir a Barcelona. Algo vibró dentro, sólo que ahora caigo en qué era. No lo iba a volver a ver más junto a él. El partido. Ya no estaría ahí para hacerme dar cuenta, reparar en lo faltante, o marcar un error. El viejo se despidió como un duque.

Lamento que después haya ido solo a un perdido partido con Patronato, y que me logró decir por whatsapp -sí, finalmente accedió a usarlo- que no era lo mismo sin mí. Él me lo dijo a mí. Y a los 6 días se fue.

Veo esta última foto e inevitablemente lloro. Te veo, nos veo, mirando a la cámara en el momento preciso en que la Doble Visera -siempre seguirá llamándose así- se encendía, al salir el equipo a la cancha. Y todos con sus camaritas dirigidas al campo de juego. Y nosotros de espaldas, mirando lo que importaba. Ese vínculo padre e hijo que no se borra más de la cabeza. Y uno buscará repetir a imagen y semejanza.

Ir a la cancha era un ritual. Una salida construida para pasar toda la tarde o noche con mi viejo. Porque el partido dura 90 minutos. La salida, entendí una vez que se me pasó el fanatismo adolescente, era lo consistente. Hablar en el viaje, en auto o bondi, en la previa con alguna pizza o chori de dorapa, entrar antes para conseguir buen lugar, seguir charlando y contándonos sobre nuestras vidas, y las de los demás, encontrarse a uno que frecuenta la misma ubicación, saludarse, bromear, calentarse, bancársela, festejar, delirar, todos, juntos, abrazados. El fútbol es el único espectáculo al que fui donde la gente se abraza y festeja en conjunto sin conocerse. Bueno, y los recitales. Pero el abrazo y la identidad común, el sentido de que estamos todos tirando para el mismo lado, con el énfasis, con las ganas de que pase lo que tanto fuimos a ver. Que la pelotita cruce esa línea blanca y se pierda en la red, para que de esa forma se pudiera celebrar, y cantar, y cargar, y descargar.

Mi viejo era cabulero. Otros rituales, que pasaban a ser su marca registrada. Como darme un beso en el cachete derecho después del gol. Como formular la frase "no te preocupes, es Rasin", cada vez que se ponía negra la situación contra el vecino. O durante el campeonato 2002 llevamos una cábala conjunta, que era limpiar nuestro escalón de papelitos, dejarlo limpito para que comenzara el encuentro. Ya nos reíamos. Pero lo hacíamos de todos modos.

O cambiar de posición uno con el otro, cuando se estancaba en una meseta el ataque del Rojo. "Cambiame, cambiame", nos decíamos. El viejo le dejaba el auto siempre al mismo trapito. Papá estaba siempre, en las buenas y en las malas, como enseñan las canciones de cancha. Sin melancolía barata, con todas las de la ley, el viejo siempre estaba. Decía presente, y eso me transmitió con las idas a La Plata, a Rosario, a Córdoba, o Mendoza, a ver al Rojo. "Y vayas a donde vayas, yo voy con vos…".

Si vamos a tribuna, arriba y a un costado. Por si se arma. Y salimos temprano eh. Nada de quedar debajo de los primeros 10 escalones contando de arriba. No se ve nada. Ni se te ocurra la idea de irte antes. Todo puede cambiar en materia del juego. Y si no, se afronta la derrota con dignidad. Abandonar es para los tibios.

No me olvido más de una batahola que se armó a la salida de un clásico. Yo tendría 12 años. Y el sabio consejo de mi padre fue "si no sabés qué pasa no corras con todos, busca donde resguardarte. Y si reparten piñas, no quieras entender, primero rebolea y defendete, después lo analizás", o algo así me quedó.

O cuando íbamos en el 42 a Nuñez y subió la banda de River y me sacó el gorrito justo a tiempo y lo escondió entre sus ropas. Aprendizajes por estar. Recuerdos imborrables, de choripanes que desbordaban de la mano en canchas de noche, los viernes después del colegio. Lanús, Quilmes, Sarandí, Banfield. Ponerme en caja alguna vez que me zarpé de locura y tiré una latita semivacía pero empapé a media fila de adelante.

Logré despedirme de él. En ese clásico que terminó en trago amargo con el empate sobre la hora al palo del Ruso. Pero no importaba. La salida ni siquiera llegaba a su fin con el pitazo final. Allí empezaba el ritual de retirada. Silbando bajito, analizando que pasó, lo que viene, lo que vendrá. Poné la radio que quiero escuchar qué dicen, una bebida para el camino, y ese clima de intimidad de auto de noche. Toma la autopista, la 9 de julio derecho y salimos a casa rápido que nos dejó una tarta lista mamá.

Yo de vos me despedí. ¿No, viejo? Ese partido último, ese clásico de Avellaneda, esa tarde-noche de verano en que cumplía un año de casado. Pero era el último nuestro. No podía no estar ahí con vos. Porque nada cambia lo que viví con vos.